Marruecos (II/II)

Marruecos es, con mucho, nuestro más complejo vecino y adversario por múltiples factores y desde siempre. Conocerlo es esencial. Con este trabajo en dos partes, el Col. Diego Camacho, conocedor a fondo de tal país, nos ofrece las claves para no seguir errando en tan importante frontera.

LAS RELACIONES BILATERALES DE ESPAÑA Y MARRUECOS.

Marcha verde

La ocupación ilegal del Sahara por Marruecos ha sido desde 1.975 el factor determinante en las relaciones bilaterales. Los otros contenciosos como Ceuta, Melilla o la pesca han pasado a un segundo término y sólo eran utilizados como elemento de chantaje cuando se quería obtener ventajas diplomáticas en el asunto del Sahara.

A pesar de las declaraciones oficiales que insisten en la alianza estrecha entre ambos países, Marruecos ha sido siempre un mal vecino que nunca ha dejado pasar una ocasión de generar tensión si eso le reportaba alguna ganancia. No ha sido nunca un aliado fiable, aunque si puede haber cedido a alguna petición del rey de España en alguna circunstancia especialmente sensible, pero un Estado que utiliza como norma de comportamiento el chantaje y la debilidad política de otro Estado está más cerca de la concepción de Estado gamberro que la de buen vecino.

Nuestra ubicación geográfica no nos hace rivales geoestratégicos, aunque ello es debido a la imposición de los EEUU, cuyos intereses en Oriente Medio prevalecen sobre cualquier rivalidad que pudiera surgir entre ambas naciones. Pero España sí se ve amenazada en sus intereses internos por la actitud de Rabat ante amenazas como el activismo islámico que dirigen hacia nuestro país, el tráfico de drogas que también orientan hacia nosotros o el tráfico de personas que coordinan y dosifican hacia nuestras costas. Nuestros políticos cuando hablan de “los intereses comunes” no deben referirse a estas amenazas que sería lo suyo pues afectan al interés general, sino a los negocios particulares que mantienen al otro lado del Estrecho y que tan buenos rendimientos pecuniarios les da.

En España existe un importante lobby promarroquí, incrustado en los partidos políticos, en el mundo empresarial, en el Ejército y en los medios de comunicación que actúa de manera descarada a favor del sultán y con la más absoluta impunidad. No hay que olvidar que el principal valedor de este grupo es el rey de España. Por ello poner sordina a las provocaciones o a los desplantes del rey moro, está bien visto pues de paso se ayuda a diluir la responsabilidad gubernamental en el tratamiento de los asuntos políticos, en tanto se obtienen pingües beneficios en el abastecimiento de armas, del que la Casa Real española obtiene una gran tajada. Hassan II y su hijo Mohamed VI han puesto buen cuidado en crear y ampliar este lobby. Hay que reconocerles su eficacia pues el dinero invertido ha cumplido ampliamente sus expectativas. El prestigio internacional de nuestra nación se ha visto gravemente afectado, pues el mantenimiento de posturas vergonzantes siempre te afecta, a cambio muchas personas han engrosado sustancialmente sus cuentas corrientes.

Marroquíes protestando en Melilla

El plan marroquí para apropiarse de nuestras plazas de soberanía, Ceuta y Melilla, tiene el mismo esquema que la “marcha verde” aunque en este caso quizás no sea necesario ni siquiera marchar, sino introducir en ambas ciudades una cantidad importante de súbditos marroquíes a quienes con el tiempo se les da la nacionalidad española o se les permite votar en las municipales como residentes. Esta situación es un dislate que puede convertirse, a corto plazo, de amenaza a situación incontrolable.

Una persona nacida en Marruecos, según su Constitución, no tiene la posibilidad de renunciar a su nacionalidad, nace y muere marroquí. Por ello está obligado a ser fiel súbdito del sultán y su infidelidad se considera delito de traición que puede castigarse hasta con la muerte. La manera de aplicar la justicia en el país vecino no es la usual en los países occidentales, en donde existen ciertas garantías procesales y la probabilidad de ser juzgado por un juez neutral, sino que el modelo es el usual en las monarquías musulmanas de carácter feudal, la que se describe en el libro “las mil y una noches” y en donde se castiga por el agraviado, el sultán, no sólo al infractor sino a toda su familia y amigos más directos. Así los marroquíes que se instalan en España están obligados a la obediencia al sultán de Marruecos y saben que no hacerlo traerá consecuencias inmediatas para la familia que hayan dejado atrás, además de las represalias directas que se tomen sobre ellos. Los que coordinan el control sobre la población que reside en España son los funcionarios diplomáticos acreditados en nuestro país, sobre todo los que se ocupan de las funciones consulares. En resumen, la bonhomía gubernamental con el eficiente apoyo del lobby marroquí ha permitido que un gran número de súbditos marroquíes participen activamente en nuestra organización política y obedeciendo las ordenes de un soberano extranjero.

Es evidente que las cosas ya no son como eran durante la guerra fría y que una invasión de Ceuta y Melilla no iba a resultar tan fácil como lo fue con el Sahara, pero en definitiva la defensa de estas ciudades empieza por la voluntad política de impedirlo por parte del gobierno que ocupe el poder. Luego nuestros aliados podrán ayudar, pero para ello tenemos que demostrar que el asunto nos interesa. El pragmatismo que conlleva la aceptación de chalets en Tanger, u otros enclaves atractivos de Marruecos, es un impedimento para que la izquierda gobernante defienda los principios éticos que inspiran la legalidad internacional, así como para cuestionar las acciones de un régimen tiránico que tiene sojuzgada a su población.

Hassan II

Como he señalado el asunto del Sahara marca las relaciones entre nuestros dos países, 35 años después de nuestro abandono su ocupación no ha dado resultado, a pesar de ser los saharauis una pequeña comunidad que para colmo pertenece a la misma cultura y tiene la misma religión. Nadie en Washington podía pensar en 1.975 que con lo astuto e inteligente que era Hassan II iba a fracasar en integrar en su reino a unos pocos nómadas y que la ocupación del territorio sería una losa para la necesaria modernización de Marruecos si se quería lograr su industrialización y desarrollo. Tampoco parece que nadie en París se diera cuenta que el sultán sólo ambicionaba el territorio y las riquezas naturales que guardaba y que para él los nómadas no representaban ningún valor. Ese desprecio hacia el hombre del desierto ha constituido el factor esencial del fracaso. En Madrid nadie pensaba nada, sólo en afianzar una monarquía emanada de la dictadura militar y que para colmo tampoco contaba con la legitimidad dinástica. El abandono marcaba la cobardía de una clase dirigente o con aspiraciones a serlo, como quedaría patente en 1.982 cuando el PSOE logró mayoría absoluta con 202 escaños. Los jóvenes socialistas que encarnaban la esperanza del país para recuperar la libertad y la dignidad, pronto siguieron el camino de las viejas glorias del antiguo régimen y han sido incapaces ni siquiera de mover un dedo para reparar la indignidad cometida con los saharauis. En lo referente a la libertad recobrada, el saldo es más bien pobre.

Los tres países responsables del desafuero, dos por su fuerza y el otro por su debilidad, no acertaron en sus previsiones y ello les ha hecho padrinos de la violación del Derecho Internacional, que al prolongarse en el tiempo ha derivado en graves violaciones de los Derechos Humanos, al tener el rey de Marruecos que acudir a la represión si quería conservar lo que estos tres países le habían proporcionado a pesar de que esta donación vulneraba la Carta de San Francisco, el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de 1.976 y la Declaración de los Derechos del Hombre.

El papel de la antigua metrópoli, España, no ha podido ser más descorazonador, de una parte sirve a los intereses de dos países aliados, EEUU y Francia, pero a costa de su prestigio internacional y por lo tanto de su status como país respetado y respetable; por otro lado la “comprensión” gubernamental a los desmanes marroquíes, hace que nuestra nación además de encubridora de los asesinatos, desapariciones y torturas que se han producido en nuestra antigua provincia, sea también cómplice pues el silencio español es necesario para no avergonzar a la Casa Blanca y al Elíseo y para que la represión continúe. El silencio siempre tiene un precio y Mohamed VI, al igual que su padre, es un hombre generoso. La lista es larga y desde antes de Solís llegamos al chalet tangerino de Felipe González y a las sustanciosas comisiones obtenidas por nuestra Casa Real. El dinero, en sus múltiples formas, ha inundado generosamente las cuentas corrientes de numerosas personas que teóricamente dedicaban su tiempo al Estado español.

Para soslayar la celebración del referéndum, al que está obligado por numerosas resoluciones de la ONU y por el dictamen del TIJ de 1.976, Marruecos lanzó en su día una iniciativa, conceder una amplia autonomía al Sahara Occidental. Esta propuesta fue inmediatamente respaldada por Francia y con un seguidismo digno de mejor causa por España, mientras que los EEUU, a su más alto nivel, han permanecido expectantes manteniendo su apoyo al sultán, pero matizando que no impondrían una autonomía no aceptada por los saharauis. La postura norteamericana es realista pues una propuesta de parte no puede sustituir aquello que respalda el Derecho Internacional, la celebración de un referéndum de autodeterminación.

La indiferencia mostrada por la ONU a la autonomía propuesta por Rabat, ha sido el motivo que hace anunciar a Mohamed VI unas profundas reformas constitucionales y la cesión de varias de sus atribuciones. Washington le ha indicado que no es posible hablar de autonomía en un Estado feudal y teocrático. Su condición de descendiente del Profeta ata de pies y manos al sultán pues esa naturaleza sobrenatural no puede renunciar a su privilegio en beneficio de una soberanía popular. Un decreto real, dahir, según el artículo 19 de la Constitución es una fuente prioritaria de Derecho, por ello no puede ser revisada por otra instancia judicial o legislativa.

Las reformas anunciadas dejan en entredicho a los gobiernos de Francia y España, que durante tantos años propagaban a los cuatro vientos la “homologable” democracia marroquí y su carácter de país moderno y avanzado en cuanto a “las libertades democráticas”. Los ciudadanos de estos dos países han podido constatar que Mohamed VI, según la Constitución, no tenía que nombrar Primer Ministro al líder del partido más votado, ni aceptar las sentencias judiciales, además de tener capacidad de veto legislativo y de generarse desde Palacio las iniciativas legislativas más importantes pues la designación de los ministros de Defensa, Asuntos Exteriores, Justicia y Asuntos Religiosos corresponde exclusivamente al deseo real. Como se ve la superestructura marroquí no se diferencia en nada de la de Fernando el Católico, excepto que este último tenía menos poder en el ámbito religioso.

La dificultad de poder reformar el sistema político reside además del carácter sobrenatural del régimen, indicado más arriba, en la mala redistribución de la riqueza. En la existencia de una clase privilegiada muy reducida que posee más del 90% del PIB y por lo tanto en la raquítica clase media marroquí que es a todas luces incapaz de promover el desarrollo y la modernización de la sociedad. La clientela palaciega es más fácil que derrocara al sultán y pusiera a otro en su lugar que perder su status por el consejo político occidental.

No deja de resultar sorprendente que habiendo sido los EEUU los avalistas y promotores de la “marcha verde” sean más sensibles al engaño que supone la iniciativa marroquí que el gobierno de España que en su día fue obligado por las circunstancias a adoptar decisiones muy poco honorables. La propuesta de autonomía está pensada para consumo de la opinión pública internacional, sobre todo si los tres países occidentales más concernidos la apoyan, y para sustituir la organización del referéndum. Si los saharauis no la aceptan la misma es inviable, por eso se entiende mucho menos el empecinamiento de nuestro gobierno en respaldar una opción que no tiene futuro. Marruecos no puede conceder autonomía a un territorio sobre el que no tiene soberanía y sólo está capacitado para descolonizarlo o para ocuparlo por la fuerza. Todos los pueblos que han estado, o están, sometidos tienen derecho a escoger su propio destino y el pueblo saharaui aún no ha tenido esa oportunidad. En otro orden de cosas la monarquía alauí no es un régimen parlamentario, aunque tenga Parlamento, sino un reino feudal y teocrático en el que todos los poderes temporales y espirituales confluyen en el sultán. En ese marco político la concesión por necesidad de una autonomía supondría la renuncia al poder absoluto, o dicho de otra manera ir contra la propia naturaleza del sultanato, lo cual no es creíble al estar formulado en un estado de necesidad, no de renuncia voluntaria al privilegio en el ejercicio del poder. Es posible que Mohamed VI piense sobre las autonomías de la misma manera que piensa sobre las elecciones: predeterminando el resultado; o lo mismo que opina sobre las leyes que aprueba la Asamblea Legislativa: que previamente son elaboradas y después remitidas por Palacio; o sobre la validez de las sentencias que dictan los tribunales de justicia sobre temas importantes para el Majzén: dictadas previamente desde Palacio.

Una cosa es adoptar una semántica al uso democrático y otra muy distinta vivir en democracia. No obstante, la primera razón que he expuesto es determinante en si misma, la segunda es un simple corolario que sólo pone de manifiesto la falsedad del rey de Marruecos.

Las reiteradas muestras de mala vecindad de las que hace gala nuestro vecino del sur son casi siempre disculpadas por el gobierno de turno, no sólo el actual, de ahí que los marroquíes identifiquen, y no sin razón, con debilidad política esa actitud y así pueda Rabat chantajear de manera continua a Madrid casi siempre con éxito, gracias a contar como lobby a importantes personalidades españolas y que en cualquier ocasión no pierden la oportunidad de apoyar los intereses del sultán y minimizar los desplantes o las amenazas.

Existen tres prácticas con las que es preciso terminar si se quieren iniciar unas relaciones bilaterales presididas por la cordialidad en un marco de reciprocidad.

La primera es la mala costumbre de escoger a Marruecos como el primer destino del Presidente del Consejo de Ministros electo, pues no es allí interpretada como una muestra de cortesía y de deferencia sino como de debilidad y sometimiento. España, al menos de momento, es la nación fuerte la que con el dinero de sus ciudadanos intenta aliviar las penurias y el subdesarrollo del pueblo marroquí por la mala distribución de su riqueza que está en manos de una clase muy reducida, cercana a Palacio, y llena de privilegios. En este asunto nuestro gobierno sí que debería copiar el protocolo francés o norteamericano y aplicarlo. En las relaciones internacionales el prestigio es esencial y si un país no defiende su preeminencia, nadie lo va a hacer por él.

La segunda, quizás origen de la anterior, es el asignar al rey de España un papel equivalente en estas relaciones bilaterales al desempeñado por el Presidente francés. Este último tiene la responsabilidad constitucional de dirigir las relaciones exteriores de su nación, el Jefe del Estado español no. Asignarle a Juan Carlos I y a Felipe VI un status que no les corresponde, conlleva rebajar el nivel político del Presidente del Gobierno, que es el decisor y responsable legítimo de nuestra política exterior, y situarle al mismo nivel que ostenta el Primer Ministro marroquí que no está capacitado por sus leyes a tener capacidad decisoria en las relaciones exteriores. Este estado de cosas que le permite a nuestro Jefe de Estado desempeñar un papel protagónico y a veces decisivo, opera en contra de nuestros intereses al gestionarse las relaciones bilaterales con la persona equivocada. La responsabilidad constitucional en el ejercicio de la acción exterior no puede ni debe delegarse, aunque sea en la persona del rey, hacerlo supone debilitar nuestra posición negociadora y reforzar la del adversario.

Por último, es un grave error que las tensiones surgidas en Ceuta o Melilla, siempre por iniciativa marroquí, sean negociadas por los ministros del Interior de ambos países ello supone admitir implícitamente por parte española que dichas ciudades son un asunto interno marroquí, otro ejemplo del poder político del que goza el lobby.

A pesar de la imagen de modernidad que, en comparación con el resto de países del Magreb, pretende transmitir Marruecos siempre ayudado por Francia la realidad de los hechos es muy distinta. Su organización política tiene unas carencias que obstaculizan claramente su desarrollo social y político.

En primer término, hay que considerar que el carácter autocrático y teocrático del Estado dificultan las reformas profundas y convierten en utópicos los deseos, tantas veces publicitados, de democratizar el régimen. Para ello sería preciso previamente recortar los poderes temporales y espirituales del rey, extremo harto difícil ya que los tiene otorgados en nombre de Alá.

En segundo lugar, el tratamiento feudal que tiene toda la problemática social y política. Todo ocurre alrededor de Palacio y la fortuna o desgracia individual es directamente proporcional a la distancia en que cada súbdito se encuentra del Majzén. No existe el interés general, sólo la razón de Estado y esta coincide completamente con los intereses del sultán. Al no existir prácticamente clase media, las desigualdades son tan profundas   que la integración social es una utopía. La oligarquía gobierna en función de los intereses del sultán, en la población se piensa sólo cuando se agita y amenaza la protesta. Ello conduce al desprecio por parte del Poder hacia los Derechos Humanos, que sólo preocupan al gobierno cuando su violación trasciende sus fronteras y crea alarma internacional en los medios de comunicación pública.

Su vocación de Estado gamberro le hace mantener contenciosos territoriales con todos sus vecinos y siempre que puede trata de influir en la situación interna de los mismos. Por este motivo la UMA ha permanecido bloqueada durante décadas. Rabat desde la subida al trono de Hassan II apostó por su alianza con EEUU y Francia para así lograr la  hegemonía en el Magreb, y fundamentarla en el respaldo de esas dos grandes potencias. El resultado ha sido el estancamiento socio político de la sociedad marroquí, no por falta de habilidad diplomática ni de audacia, en el logro de los fines, sino por el inmovilismo de la propia estructura de poder. Es imposible modernizar e innovar si además quieren mantenerse intocables los privilegios políticos feudales.

La conjunción de todas estas circunstancias es la fuente de inestabilidad regional que genera Marruecos, tanto en sus relaciones con los países vecinos como en su organización interna. Lamentablemente no hay señales que permitan ver con optimismo que esas carencias puedan resolverse a corto plazo. Todo hace pensar que la situación interna irá agravándose en los próximos años y para diluirla, es muy posible que Mohamed VI intente apelar al nacionalismo irredentista y se oriente hacia Ceuta y Melilla, igual que su padre lo intentó con el Sahara. Aunque no lo tendrá tan fácil como Hassan II, pues no hay guerra fría y ya no es la pieza estratégica esencial que era en 1.975 para los EEUU, España es miembro de la OTAN y de la UE y sólo es débil en función de su propia voluntad no de su régimen político y, finalmente, su pueblo está cada vez más cansado de la miseria que soporta por financiar al Majzén. Existiendo las condicionantes anteriores, si es probable que lo intente como hizo con la toma del islote Perejil, pero ya no es la hipótesis más probable, aunque sigue siendo la más peligrosa, por lo que España debería seguir organizando su seguridad en torno a ella. No hacerlo es ofrecerle más posibilidades para intentarlo.

Zapatero, en Casablanca, en una conferencia en 2015 declarándose “firme amigo de Marruecos”

ZP alcanzó las más altas cimas de la nada al realizar dos afirmaciones surrealistas, que dejaron a Dalí como un simple principiante de ese movimiento cultural, la primera fue la de elogiar la democracia marroquí y la segunda la de proponer la entrada de Marruecos en la UE.

Asusta sólo pensar sobre cual es el modelo democrático que tiene ZP en la cabeza para elogiar de tal, la tiranía existente en Marruecos. Queda de manifiesto que su desconocimiento de las ideas políticas corre parejo con su ignorancia en economía y su inepcia en gobernar.

Aunque el desarrollo de la política bilateral por ZP ha sido, lamentablemente, más sustantivo y material que la formulación de dos ideas. Ha querido aproximarse tanto a Mohamed VI, que ha roto la tradicional posición de España respecto al Sahara y el respeto de nuestra nación hacia las resoluciones de la ONU. Hasta se ha oído a todo un ministro de la Presidencia decir en sede parlamentaria, con motivo de la destrucción del campamento de Geim Izik por la policía y el ejército marroquí, que el Sahara era ¡el núcleo duro de la soberanía de Marruecos! La soberanía está pendiente de definirse y ello tendrá lugar cuando la comunidad internacional impida al sultán obstaculizar el referéndum. España, según una resolución de la ONU de 2.002, sigue siendo la potencia administradora y esa dejación de responsabilidad por la presión combinada de EEUU y Francia debe inducir a nuestro país a retomar una responsabilidad que nunca debió dejar y luchar diplomáticamente por devolver a los saharauis aquello que se les quitó: el derecho a elegir su destino. La aplicación del principio de reciprocidad sería un buen principio para racionalizar y encauzar nuestras relaciones bilaterales.

La política bilateral, durante la legislatura de Rajoy, no ha sufrido cambios apreciables el continuismo, al igual que en otros ámbitos, ha sido la pauta seguida por el gobierno español, al que ni siquiera las oleadas de emigrantes subsaharianos sobre Ceuta y Melilla han hecho replantearse dicha relación con Marruecos.

Parte II de II (Aquí parte I)   AQUÍ PARA DESCARGAR EL TRABAJO COMPELTO EN PDF

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2 thoughts on “Marruecos (II/II)”

  1. Magnífico trabajo al que apenas si se puede apuntar algo.
    Quizá la relevante trascendencia de ser el rey marroquí autoridad religiosa suprema en su nación (por ser descendiente del Profeta el sultán es de “naturaleza sobrenatural”).
    También que el ser España miembro de la OTAN y de la UE no vale para nada, ni con Marruecos en general, ni con Gibraltar, ni con Ceuta-Mellilla-Peñones, ausentes de esos tratados, por no hablar casi de Canarias. Por eso mismo no se puede aseverar que la “tutela estratégica” de USA con Franco sea menor de la actual, sino al contrario.
    España sigue siendo un semiprotectorado sajón a la manera que lo fue durante el siglo XIX con Inglaterra y, algo menos, Francia (basados en la corrupción y en las sociedades secretas, como ahora). La única excepción fue durante gran parte del régimen de Franco, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando dominamos con gran firmeza militar ambas orillas del Estrecho y había en Europa un contrapeso alemán a las ambiciones mundialistas. Por cierto, aquella venturosa situación había sido un fruto indeseado e inesperado de la política inglesa interesada en que el Norte de Marruecos estuviera en dos manos, y la inmediatez de Gibraltar en las de una débil y dominada España con prohibición de fortificar sus costas (incluidas las peninsulares inmediatas al Peñón).
    También habría que hablar, para dibujar el contexto un poco más, del magnicidio de Carrero Blanco y de la Guerra Subversivo-Envilecedora (ETA y compañía, y la perversión de costumbres).
    Pero, de nuevo, enhorabuena agradecida a autor y editor.

  2. José María, gracias por tu comentario y por tus acertadas reflexiones. Es evidente que mi trabajo está abierto y es mejorable con aportaciones como la tuya, el haber tratado sobre Marruecos es ya un éxito, pues el Poder trata, lamentablemente, de mantener a la opinión pública al margen de los avatares de nuestro más problemático vecino.

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